Cuatro infancias literarias africanas

Por orden más o menos lógico-cronológico.

La de Albert Camus en Le premier homme (El primer hombre). Argelia a principios del siglo XX desde la perspectiva de un huérfano de clase menesterosa hispanofrancesa. La novela, muy ambiciosa, quedó inacabada por la repentina muerte de Camus. Pero ha quedado como un soberbio relato autobiográfico y una historia de superación personal a través de la educación y la cultura. Humanista, existencialista, inconscientemente gramsciano ta vez… El germen de la potencia arrolladora de La peste, El extranjero, El mito de Sísifo se encuentran en esta infancia desclasada y miserable de la que a cualquiera le costaría trabajo imaginar que se pueda salir indemne…

La de Jaime Salinas en Travesías (ISBN 84-8310-918-2). Leyendo este emocionante libro, me di cuenta de hasta qué punto una persona remota, a la que nunca has conocido y que probablemente no ha tenido hijos, ha podido influir en uno, ser de alguna manera una especie de “padre” cultural. Cosas del destino. Del destino colectivo y del destino del propio Jaime en particular. Desde finales de los 60, Alianza Editorial se encaminó a su objetivo de convertirse en fuente de alimentación intelectual de masas, a través de sus publicaciones económicas pero rigurosas. En cierto sentido tomó el relevo de la “anticuada” Austral y de la “clandestina” Losada. En Travesías se comprueba la indudable influencia de los planes de estudios que Salinas siguió en su exilio universitario norteamericano en el diseño de las colecciones de la editorial. Pero mucho antes de que esto sucediera, el autor cimentó su formación y su educación sentimental en la Argelia colonial, merced a las actividades y propiedades de su abuelo en aquel país y de las adversas circunstancias que le impidieron seguir su vida en España.

La Infancia (Boyhood) del Nobel John Maxwell Coetzee nos traslada a la Sudáfrica de mediados del XX, en pleno apogeo del apartheid sancionado por las “obligaciones” de la Guerra Fría. No hay aquí orfandad en sentido estricto, pero sí desgarro familiar y desencuentro identitario. No deja de ser curioso ver cómo un niño blanco pero al mismo tiempo puramente africano va descubriendo los entresijos y matices de una sociedad que se asume racista con total naturalidad.

La más cercana en el tiempo: la de Mohammed Moulessehoul (Yasmina Khadra) en L’écrivain (El escritor). Infancia aparentemente “protegida”, pero emocionalmente inestable y difícil. Y sobre todo: institucionalizada. El autor es ingresado en una academia de cadetes que hasta cierto punto podemos parangonar con un orfanato. Una vez más, como en el caso de su semicompatriota Camus, la escritura se abrirá paso contra todo pronóstico, conjurando la realidad adversa y marcando la ruta de la emancipación personal y el encuentro con el sentido de la vida.

Africanas y ninguna negra, estas infancias. Incluso alguna desafricanizada por los avatares históricos -el caso de Camus- o apenas injertada -pero trascendentalmente, caso de Salinas-. Todas muy recomendables, si os interesa tan solo la mirada de los niños al mundo adulto, las enormes consecuencias de lo experimentado en los primeros años de la vida. Africa fronteriza, conflictiva, traumática y aún así fecunda.

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