Aruitemo, aruitemo [Still walking = Caminando], de Hirokazu Kore-eda

 

El buen cine japonés es un manantial inagotable de inteligencia, sensibilidad y belleza. Por otra parte tengo que reconocerlo: soy un adicto al cine de relaciones personales, al género de las pelis sobre familias –que no “para toda la familia” si es que existe tal género-. En fin, en este sentido Aruitemo, Aruitemo no es que tan solo me haya satisfecho plenamente, es que me ha impactado como un obús.

Película pausada pero densa y sólida, sin desperdicio alguno de fotogramas, con la textura de los grandes melodramas clásicos. Ahora que están en el candelero los distintos modelos posibles de familia y su repercusión sobre la evolución de los hijos, Aruitemo, Aruitemo se muestra como un relato particularmente oportuno. Su demoledora fuerza crítica radica precisamente en no desenvolverse en un escenario familiar heterodoxo sino bien al contrario, en un grupo familiar modesto pero sin estrecheces, con cierto bienestar e incluso acceso a la educación superior y los estándares  básicos de la cultura refinada. En ese contexto sin escasez, el cúmulo de malentendidos no resueltos, tabúes e incomunicación puede convertir a la familia o incluso a la simple pareja en una cárcel o una auténtica trituradora de individuos.

Para nipófilos con verdaderas inquietudes, más allá de esnobismos, Aruitemo Aruitemo es una buena ocasión de acercarse a paladear un Japón “verité”, que sorprendentemente resulta mucho más cercano y familiar de lo que cabría esperar si partimos de los clichés al uso. El espectador hispánico solo tendrá que hacer el pequeño ejercicio mental de sustituir la piedad del shinto por la fe de carbonero del catolicismo popular para hallarse como en casa en una reunión familiar ¡en una tranquila zona residencial a escasa distancia de Tokio!

De manera tangencial, el guión trabaja el tema de la adopción, en su caso desde la perspectiva de la familia recompuesta. El apunte puede aprovechar y no es desdeñable, toda vez que además la dirección de los actores niños es magistral como para quitar el hipo. Pero considerando el conjunto de la peli, su gran moraleja tal vez sea la necesidad  colectiva de que todos quienes convivimos de manera más cercana e independientemete de nuestras relaciones biológicas –hijos a padres, abuelos a nietos, hijos de pareja a parejas de padres, parejas a cuñados, etc. etc. etc.- aprendamos a “adoptarnos” mutuamente de manera civilizada y procurando un mínimo equilibrio emocional individual y colectivo. Porque de otro modo corremos el riesgo probable e echar a perder nuestra vida o la de nuestros allegados, incluso si son muy queridos. No es que la adopción paternofilial sea intrascendente –ya se encarga la peli de remachar que no- , es que usualmente la madeja emocional y afectiva en que vivimos es aún más compleja. Esa es una de las enseñanzas y virtudes de esta gran película. No la dejéis pasar.

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