El emperador descalzo: una tragedia etíope (de Philip Marsden)

Los pensamientos de Tewodros volvían a centrarse en la tecnología. Lo que no podía conseguir mediante diplomacia, lo obtendría mediante coerción. Él anhelaba, como siempre, una industria cañonera. Sólo cañones, grandes cañones, y la técnica para manejarlos le darían la oportunidad de restarurar su poder (p. 158)  

¿Por qué en Etiopía hay tantos “Teddys”?  La lectura de El emperador descalzo nos ayudará a entenderlo, pues describe con parsimonia los hechos que llevaron al Tewodros histórico a convertirse en un mito nacional. No es un libro sencillo. Marsden ha hecho un trabajo remarcable a partir de material de archivo y testimonios originales de la época.  Aunque introduce elementos “novelizadores” -como diálogos y frases de los propios protagonistas- la marcha del relato se hace algo lenta. Bien mirado, este ritmo se corresponde muy bien con el ambiente obsesivo, claustrofóbico y agobiante que por desgracia debió imperar en realidad entre los personajes de aquella terrible historia. Estos resultan ser bastante numerosos y sus caracterizaciones individuales van goteando a medida que se avanza en la acción, de modo que aún a mediados del libro -salvo para los principales que destacan mucho- el lector puede tener la sensación de no poder ubicar del todo la enorme ensalada de misioneros, aventureros, dignatarios, etc. De modo que junto al utilísimo glosario colocado al principio, no hubiera estado nada mal contar también con un dramatis personae al que poder recurrir en caso necesario. También se echa en falta más apoyo cartográfico: mapas más detallados y esquemas de los itinerarios descritos facilitarían el aprovechamiento del texto.

Bueno, El emperador descalzo es un libro estupendo para adentrarse en el crucial siglo XIX etíope. Uno de los aspectos a los que lleva a reflexión, es hasta qué punto las relaciones entre farenji y etíopes siguen reproduciendo y estando condicionadas hoy día por los clichés acuñados en aquellos años de incipiente imperialismo. Y por ambas partes: desde la etíope, por la tensión entre la aspiración a ser considerados como una potencia en pie de igualdad con los países occidentales y el lastre de sentimientos de inferioridad y autocompasión colectivas; y del lado farenji, por otra tensión entre el ¿oportunista? aprecio por la dignidad y la cristiandad abisinias, y la desazón ante los rasgos recurrentes de atraso y barbarie. En cualquier caso los hechos relatados cambiaron para siempre la historia de África oriental. Decenio arriba o abajo, vinieron a coincidir con la apertura del canal de Suez y la fase final de decadencia del Imperio otomano. De modo que a quien interese Etiopía en serio, debe meterle el diente a El emperador descalzo.

Para terminar, es obligado señalar que es una pena que una publicación tan impecable desde el punto de vista material -como suele ser la tónica en Ediciones del Viento– quede tan afeada por una traducción chapucera y plagada de errores de bulto. “S. M. El Cónsul” por lo que debería ser “El Cónsul de Su Majestad”, “Metropolitan” por “El Metropolitano” o unos inverosímiles “jeques” donde debían figurar “sijs”, entre otras lindezas; lo cual evidentemente no ayuda al lector a iniciarse en un contexto lingüístico-cultural complejo y a menudo desconocido.

¡Ah!, un último detalle: la persona que aparece en la cubierta de la edición española no es el emperador al que alude el título, pero ambos merecen nuestra curiosidad sin duda.

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